
Antonio Jiménez (Málaga, 1945–2011) es una de las voces más singulares de la pintura española de la segunda mitad del siglo XX. Autodidacta precoz, comenzó a exponer a finales de los años cincuenta y, tras su paso por Madrid y París, consolidó una trayectoria marcada por la autenticidad y la fuerza expresiva. Su obra alcanzó pronto proyección internacional con su participación en ART 3’72 Basilea y Documenta Kassel, y fue objeto de reconocimientos y exposiciones en España, Francia, Alemania, Portugal, Italia, Canadá y Estados Unidos.
Creador inagotable, desarrolló un universo pictórico y escultórico que oscila entre lo onírico y lo visceral, entre la materia y la luz. Su lenguaje, profundamente personal, combina herencia surrealista, expresionismo matérico y lirismo mediterráneo. Arenas, tierras, polvos minerales y pigmentos se amalgaman en superficies de intensa carga simbólica, donde la densidad matérica convive con colores vibrantes que remiten a su tierra natal. Sus obras revelan la lucha entre horror y bondad, la celebración de la vida y el misterio, convirtiéndose en auténticos paisajes del alma.
Hombre de taller, trabajador incansable, Antonio Jiménez forjó una obra que trasciende modas y fronteras. Desde Málaga proyectó una poética visual que dialoga con lo universal, sin renunciar nunca a su mundo interior. Su pintura —“mitad sangre y mitad sueño”, como él mismo la definía— refleja no solo la complejidad de su imaginación, sino también la honestidad de un artista fiel a sí mismo, que exploró sin cesar los límites de la forma, el color y la materia.